LEOPOLDO, NOSOTROS Y EL DESENCANTO
Tenías tus buenos momentos, en los que tu talento, tu inteligencia y tu
extensísima cultura asomaban por debajo de la locura: te sacabas de la
nada una lección magistral sobre Kierkegaard, escribías con nosotros
“cadáveres exquisitos” y contabas chistes sobre el Anticristo.
Y después estaban tus malos momentos. No podía evitar pensar qué hubieras sido si no hubieras
sido hijo de…., en el momento en que…, contra las mentalidades de…Si la
vida no te hubiera destruido y vuelto a crear como un ser grotesco.
Pero a pesar de los verdugos de almas te las arreglaste para decir lo
que quisiste, a veces escudándote en su propio diagnóstico.
En mi
cabeza siempre estarás asociado a la cafetería del campus del Obelisco,
no a la cafetería real y objetiva, sino a aquél espacio socialmente
construido en el que vivimos nuestro diminuto Mayo del 68 mientras
comenzaba el siglo. Formabas parte de nuestro mobiliario urbano,
consumiendo cigarrillos que, como el ave fénix, en cuanto se incineraban
volvían a nacer en tu boca. Guarro, irreverente, insinuándote a
hombres y mujeres, poniéndonos motes que algunos arrastramos durante
años. Atravesabas como una exhalación la cafetería gritando algo
ininteligible (tardé un mes en averiguar que gritabas “Empédocles de
Agrigento”) mientras nosotros cantábamos, reíamos, planeábamos acciones
contra tal o cual ley, tocábamos la guitarra, escribíamos poemas en
servilletas, estudiábamos para el examen de Historia Antigua, debatíamos
de lo divino y de lo humano, mientras un verde mar tropical crecía
sobre las mesas de metal.
El espacio aún existe pero no es el
mismo; normas y convenciones crecen como arboles pelados en un paisaje
desértico, la magia se ha ido: tú no estás allí y nosotros tampoco.
(Dácil León Lacave)