viernes, 30 de junio de 2023

Y ya está.





Esta mierda de hacer cine te da una escasa alegría de vez en cuando, y muchas de tristezas, sinsabores y ansiedad casi el resto del tiempo.

De pronto hay una rachita buena. Te premian en muchos sitios, viajas a los festivales de la península o del extranjero a recoger los premios. Lees críticas que ponen muy bien tu trabajo y te sientes recompensado en el esfuerzo y eso te llena el alma.

A esa racha le sigue normalmente un vacío existencial. No consigues levantar ningún proyecto, y todos son puertas que se cierran en tus narices. Nadie quiere leer tu guion, o si lo leen te dicen que ahora mismo no van a meterse en nada parecido.

Miras tu estantería donde tienes los trofeos y los premios, cogiendo polvo ahí, y te das cuenta de que no sirven absolutamente para nada, más allá de recordar con alegría nostálgica cuando te los dieron.

Bueno. En lo artístico es así y hay que aceptarlo. Pero si al menos en lo laboral fuera de otra manera. Pero es lo mismo. Rachas en las que no te falta el curro. Ayudante de dirección aquí y allá, algún proyecto de edición, un videoclip, un story board...

Y luego, otra vez, la nada. La nada durante meses. ¿De qué comes esos meses? Buena pregunta.

¿Hay una industria que absorba a la gente como tú? ¿Las políticas culturales no estaban ahí para eso? Ves a las promociones salir una tras otra de las escuelas de cine, y ves la ilusión en las nuevas generaciones, y no puedes más que sonreír con tristeza.

Luego ves a otras personas que sacan sus proyectos largos adelante. Ves esos largos y no encuentras nada extraordinario en ellos, a pesar de que las administraciones y las voces "especializadas" se empeñan en darles un bombo y platillo desmesurado.

¿Por qué? Ya lo sabes...

Algún amigo tuyo te dice que tú también estarías sacando tus proyectos adelante si hubieras hecho lo mismo que ellos. Pasillos, contactos, lamidas de botas, oler calzoncillos... Y sobre todo, tener la boquita callada.  Así hubieras entrado en todos aquellos festivales en los que no entraste, por antipático.

Muchos hicieron pasillo, treparon, medraron, se hacían "amigos" de este y del otro, y se aseguraban su presencia en las selecciones, año tras años, sin importar si su corto ese año era bueno o una bazofia. Otros lo intentaron por ahi pero no encontraron hueco, y se fueron a otro lado, usando a la gente, traicionando a sus colaboradores, utilizándolos para subir y buscando el sendero paralelo.

Otros, simplemente , hacíamos cortometrajes. Debería bastar con eso...

Pero claro. Con eso no basta.

"Ese amigo tuyo, que viene por aquí, pidiendo si le podemos dejar la cámara, y luego se va, sin hablar con nadie"... ¿no eran ustedes una administración pública? ¿Por qué debí hacer algo más que solicitar el equipo que ustedes cedían? Debí estar allí, medrando, babeando... ya...

Miras otra vez la estantería de premios. Hay unos quince más o menos. ¿Serían muchos más si hubieras recorrido los pasillos y lamido los ojetes? Seguramente sí, pero ¿Los podrías mirar sin avergonzarte?( Quizás estos quince tenga más valor así que treinta conseguidos de la otra manera)

Luego miras tu equipo. Tienes una cámara, un par de luces leds, un trípode, tres ópticas, un 35, un 70 y un 100 (con eso cuentas la historia)... Hay una pértiga y un micro. Hay un pequeño slider, de un metro, no es mucho, pero algo mueves la cámara...

Y tienes amigos. Cada vez menos, esa es la verdad, pero puedes hacer un corto sin necesidad de chupar nada.

Y ya está.



viernes, 9 de junio de 2023

Polvo enamorado

    


   Cuando eres pequeño, la muerte es algo lejano, que le sucede a otros. Tu madre te explica que cuando alguien es ya muy mayor, y lo ha vivido todo, deja su sitio en el mundo para que otros lo ocupen. Tú, en tu inocencia infantil, no lo entendías bien del todo, pero asociabas la muerte con la vejez, pensabas en otra cosa, y te bajabas a la calle a jugar a las chapas, al trompo, o al escondite.

Luego, en la adolescencia, te enfrentabas a la muerte de tus abuelos, ya mayores. Lo entendías un poco más, pero seguía siendo algo lejano que le sucedía a gente ya mayor.

Y de pronto un día, sin que apenas te des cuenta, empieza a desaparecer gente de tu misma generación, antiguos compañeros de clase de tu misma edad, gente con la que fuiste al cuartel, amigos, conocidos...

Hace unas semanas me enteré del fallecimiento de José Antonio Betancor, con quien fui al colegio en los 70`s y 80´s. Se había convertido en un gran cantante de ópera muy reconocido en su ámbito, tanto en España como en Europa.

 Había cantado el Ave María en mi boda, allá por el año 2000, y nunca más supe de él, hasta la semana pasada. Tenía mi misma edad.

Hoy me levanté con la noticia del fallecimiento del compañero cineasta Domingo Damián Ojeda, y me quedé mudo. 

Domingo, hasta finales del pasado mes de mayo, seguía anunciando sus avances audiovisuales en su página de Facebook. Documentales, cortometrajes, largometrajes. Yo seguía su carrera a través de las redes, una carrera que abarcaba ya más de dos décadas.

No tenía mucha relación directa con Domingo, más allá de una noche de estrenos en el TEA hace ya casi once años, las copas posteriores, las charlas de cine por Facebook y aquella maravillosa crítica que él mismo escribió en redes sociales sobre mi cortometraje "Ángeles".

Pero aún así, a pesar de la distancia, siempre le consideré un cineasta de mi misma generación, de esa generación "pionera" en el digital que a principios de este siglo luchó por abrirse paso en un nuevo y emocionante mundo, un mundo de cintas MiniDv, de Sony´s 170...  

Sus obras te podían gustar más o menos, pero Damián Ojeda era, sin duda,  un profundo enamorado de todo lo que oliera a audiovisual.

Y eso, no es cosa menor. Muchos aprendices de cineastas de aquella generación abandonaron su amor por el camino, de lo cuál se adivina que no era un amor verdadero.

Y así, el compañero Domingo se fue dormir una noche, soñando a buen seguro con su próxima película, y ya no se despertó. Sin duda la mejor manera de dejar esta bola de mierda giratoria que llamamos mundo.

Lo triste es que nadie le pondrá su nombre a un premio cinematográfico de ningún festival. Ninguna televisión autonómica le hará un homenaje proyectando sus trabajos.

Eso está reservado para unos pocos. Los demás... bueno... nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto.

Sería bonito poder hacernos un Tom Sawyer y ver nuestro propio funeral, escondidos en el tejado de la iglesia. Ver quien va y quien no, lo que se dice y lo que no. 

Aunque realmente no importa lo buenos que hayamos sido. Al final el número de personas que va a tu entierro depende de si ese día llueve o hace sol.

Como dice Woody Allen: "Cuando me muera, como si tiran mis películas al mar. Yo no voy a enterarme".

Pienso en cuantos cineastas, de otras generaciones anterior a la mía, desparecieron sin más, y sus películas ni siquiera están subidas a youtube porque no existía. Olvidados tras las breves reseñas en el trabajo de fin de master de algún estudiante de cine canario.

...Buah... que más dará... Amamos el cine mientras vivimos. Ya es mucho. Otros no pueden decir lo mismo.

Al final todos seremos polvo, pero algunos seremos, como dijo el poeta, polvo enamorado.


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